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Relaciónes estables

El ser humano puede ser el bicho más egoísta que existe en el planeta. Y si es un así en el amor, imaginemos como debe ser en temas menos amables…
Pues incapaz de mover el culo si no es por propio interés, camuflándolo con lo que se le antoje, pero al fin y al cabo engordando su ego. Que se lo pregunten a los oenegeístas: esos chicos de clase media alta, que se vanaglorian de sus acciones, intentando remover las conciencias de la clase trabajadora, modesta y media baja culpabilizándolos de toda catarsis mundial.
Conocí una vez una chica que, echando pestes de su pareja de turno, confesaba a sus contertulianos varias intimidades del pobre muchacho, sólo por el hecho de haberse desenamorado, sin más. Estaba claro que se había convertido en una especie de oenegeísta que, en nombre del amor, culpabilizaba a su pareja de que toda su vida se estaba yendo a pique. Y los chicos tampoco se quedan cortos cuando el amor se acaba. Los que se obsesionan se convierten en investigadores privados, chantajistas, amenazadores de esquina, con una habilidad especial para aparecer en el momento oportuno sorprendiendo a todo el mundo y por supuesto no dudan ni un momento en utilizar la tecnología para sus oscuros comportamientos.
Y es que utilizamos el morbo nada más que para hacer daño, con lo bonito que es en el sentido contrario.
¿Hacia dónde va la gente hoy en día? ¿Qué buscamos en las otras personas? ¿Diversión, entretenimiento, conversación, mitigar los deseos carnales a cualquier precio, profunda admiración, devoción, buena compañía o una figura que le acompañe a todos los eventos sociales para apoyarse en su status o en su belleza y así pasar desapercibido o no? ¿Quizá una mezcla caótica de todo esto?
Lo que sí parece estar claro es que todos tenemos un concepto de hombre o mujer ideal.
El cocinero que debe mezclar todos los ingredientes que buscamos en la pareja ideal sin duda es la “sociedad” o los valores sociales del momento, que son los que perfilan las aptitudes de las personas a las que vemos como “candidatos” y las confieren agrupándolas en conjuntos (los interesantes, convenientes, afines, aptas para el matrimonio, rechazables, eventuales, los ni de coña o los imposible para mí). Y la lista podría ser más larga.
Pues bien, regresando al punto de partida, debemos considerar al ser humano como un animal multi-sensorial, complejo, como un collage constantemente actualizado de vivencias, con inseguridades y pasiones ocultas. Hasta la persona más sencilla o simple analizada biológicamente es un enigma de complejidades enormes, y podría actuar de una manera tan inesperada que desmontara nuestras expectativas sobre ella. Y aquí radica la esencia de toda relación humana: en las expectativas que generamos en los demás, fundiéndose con dos aspectos de nuestra auto-consciencia: lo que deseamos recibir y lo que estamos dispuestos a dar a cambio. En una relación, la velocidad con la que actúan estas variables es tremenda. Por ello, el amor en pareja puede considerarse a veces como si de una montaña rusa se tratase, capaz de subirte a lo más alto y luego hundirte en la más profunda de las miserias.

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